Cuba: Una lupa ahí

Daniel Gatti Mucho se ha glosado sobre la muerte de Orlando Zapata Tamayo, el preso cubano que permaneció en huelga de hambre por 85 días, y sobre la situación de otro preso, Guillermo Fariñas, que lleva casi un mes en ayuno total. Pero de un lado, del lado de los que condenan por “vil” y “asesino” al gobierno cubano,* esa glosa se reduce a una idea: La Habana actuó con relación a Zapata como sólo “una dictadura” puede hacerlo. Y del otro, del lado de los que a la revolución terminan encontrándole siempre justificativos últimos, no hay en su glosa más ángulo de defensa que el ataque a “los viejos y nuevos profesionales de la contrarrevolución interna y externa”,** que aprovecharían cualquier ocasión para hacer leña del árbol debilitado. Lo curioso es que el Estado cubano actuó, ante el caso Zapata, de la misma manera que lo hubiera hecho cualquier gobierno del “mundo libre” colocado frente a una situación de ese tipo: acusando al preso de chantaje, obligándolo a alimentarse, clamando que no va a ceder… ¿Alguien se acuerda, por citar apenas un precedente, de la actitud de Margaret Thatcher ante un grupo de huelguistas de hambre irlandeses casi tres décadas atrás? Algunos de ellos –el más famoso era Bobby Sands– murieron convertidos en alfeñiques de 30 quilos. Ante los vítores de la derecha y la condena de la izquierda, “la dama de hierro” se valió de los mismos argumentos que el gobierno de Raúl Castro. Sólo que, llegado el momento, “respetó la libertad” de los irlandeses y los dejó morir. A Bobby Sands y sus compañeros la Thatcher no les reconocía el estatuto de presos políticos. El gobierno cubano insiste sobre la condición de preso común de Zapata, como si con esa categorización estuviera eximido de culpa por el destino final del preso. Pero además niega la evidencia: todas las condenas que recibió Zapata, antes y después de 2003, la última vez que fue detenido, tienen que ver con delitos como “desprecio a la figura del presidente Fidel Castro”, “resistencia”, “desorden público”, “desacato”, tipificados a raíz de reuniones convocadas por grupos opositores. Su situación se agravó por su mala conducta en la cárcel, por su continua resistencia a las autoridades penitenciarias, propia tal vez de cualquier preso y más aun de uno condenado a una pena que supera su esperanza de vida: 36 años de cárcel. Nada menos. Por los mismos días que tanto se habló de Cuba, muy poco –o nada– se habló de un país que está a escasísimas millas de la isla: Honduras. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos difundió a comienzos de marzo un informe que deja por el piso al gobierno de Porfirio Lobo. Dice que en la Honduras en vías de santificación han continuado los asesinatos, los secuestros, las violaciones sexuales, las detenciones arbitrarias. En fin, el terrorismo de Estado. Que sólo en febrero fueron asesinados tres “miembros activos de la resistencia contra el golpe” de junio de 2009, y que los escuadrones de la muerte que se reactivaron tras el derrocamiento de Manuel Zelaya han comenzado a poner en práctica una “nueva estrategia para acallar” a los opositores: amenazar, secuestrar, violar y hasta matar a sus hijos. El mes pasado hubo dos casos de homicidio de hijas de resistentes. Entre los estados que más pusieron el grito en el cielo por el caso Zapata están Estados Unidos e Israel, que figuran entre los que más respaldan a la Honduras de Lobo. No había necesidad de esa confirmación en la hipocresía cuando uno mira, ahorita nomás, hacia Oriente Medio y los territorios ocupados, o hacia Afganistán o Irak. Los masacrados y los privados de todo allí se cuentan por millares. Pero la hipocresía del otro no exime al sabio del deber de la permanente introspección, diría el Maestro a un Wang Chan Kein en kungfuciana búsqueda. Y un preso muerto es un preso muerto, en La Habana o en Miami. Y un preso de conciencia es un preso de conciencia, en Cienfuegos o en París, Texas. No hubiera habido tanto escándalo de haber sido Zapata un preso bengalí, afgano, tailandés, egipcio o tártaro. De haber sido un albanés olvidado en alguno de los depósitos para inmigrantes ilegales en Italia se habría hablado durante algunos días del pobrecito de Orlando, pero tal vez hasta hubiera costado reunir algunos miles de firmas para un manifiesto de condena a Berlusconi. Zapata murió en Cuba, y a Cuba siempre se la mira con lupa. De un lado no se le perdona su excepcionalidad originaria. Pero de la excepcionalidad permanente, del estado de excepción justificado, en la argumentación oficial, por la permanencia de la agresión externa, vive la propia revolución. Escribió el teórico brasileño de izquierda Boaventura de Sousa Santos*** que
“todos los procesos revolucionarios modernos son procesos de ruptura basados en dos pilares: la resistencia y la alternativa.El equilibrio entre ellos es fundamental para eliminar lo viejo hasta donde sea necesario, y hacer florecer lo nuevo hasta donde sea posible”.
Y piensa De Sousa que
“debido a las hostiles condiciones externas en que el proceso revolucionario cubano se desarrolló –el embargo ilegal por parte de Estados Unidos, la forzada solución soviética en los años setenta, y el drástico ajuste ocasionado por el fin de la URSS en los noventa– el equilibrio no fue posible. La resistencia terminó por superponerse a la alternativa. Y de tal modo, que la alternativa no se pudo expresar según su lógica propia (afirmación de lo nuevo) y, por el contrario, se sometió a la lógica de la resistencia (la negación de lo viejo). De este hecho resultó que la alternativa ha permanecido siempre como rehén de una norma que le era extraña”.
La permanencia de una durísima legislación penal adoptada a mediados de los noventa, cuando Estados Unidos arreció en su ofensiva contra la isla, sería deudora de esa lógica. Con otras palabras, capaz que yendo algo más lejos que el brasileño, el cantante cubano Pablo Milanés, a quien hasta más datos poco se puede sospechar de ser un “viejo o nuevo profesional de la contrarrevolución”, dijo hace muy pocos días al diario español El Mundo que si la revolución de 1959 había parido un sol, ese sol tiene hoy demasiadas manchas, que los revolucionarios de entonces “se han transformado en reaccionarios de sus propias ideas” y que “la historia debe avanzar con ideas y hombres nuevos”. Dijo también que “las ideas se discuten, no se encarcelan”. Y concluyó que los cubanos sabrán, de todas maneras, encontrar sus propias salidas sin necesidad de que desde afuera les vendan espejitos de colores. * Mario Vargas Llosa y algunos otros firmantes del manifiesto “Orlando Zapata. Yo acuso al gobierno cubano”, suscrito también por progresistas como Ana Belén, Víctor Manuel, Juan Marsé y Antonio Muñoz Molina. ** Respuesta de la Unión de Escritores Cubanos al manifiesto anterior. *** Citado en un artículo (“El ruido”), firmado por Samuel, reproducido en www.rebelion.org D. Gatti es periodista uruguayo, responsable de la sección internacional del semanario Brecha. Reproducido con el permiso del autor de una nota publicada originalmente en la edición del 19 de marzo de 2010 en Brecha, Montevideo. Abril 2010.

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