Una victoria agria
Pablo Stefanoni
El presidente Evo Morales tiene razón: el Movimiento al Socialismo (MAS) creció en todos los departamentos, avanzó en la media luna autonomista, ganó entre cinco y siete de las nueve gobernaciones en juego… pero en política hay muchos tipos de victorias y muchos tipos de derrota, y como reza el dicho, el diablo está en los detalles. Por eso, una lectura más detallada del “mensaje de las urnas” muestra varias luces amarillas encendidas por los electores.
Es sabido que la política no es aritmética, y si bien no cabe duda de que el MAS ganó la elección y es por lejos el único partido nacional, los comicios del 4 de abril dejan importantes lecciones sobre el devenir del proceso de cambio. El clima exitista construido desde el “huracán Evo” del 6 de diciembre de 2009 conspiró contra una correcta lectura del proceso de cambio, instauró elevados niveles de soberbia oficial e hizo creer que el voto consigna –el simple aval del Líder– podría levantar candidatos grises, éticamente cuestionados o impuestos a dedo, y que la ingente publicidad oficial podía reemplazar la falta de densidad política del MAS y la ausencia de cuadros a la altura de un proceso de cambio como el que se proclama.
La falta de “buenos candidatos” del MAS se justificaba hace cinco años, pero después de ejercer el poder durante media década, sólo deja en evidencia una lógica caudillista que impide la construcción de un real movimiento colectivo, el cual no puede ser reemplazado –como se vio este 4 de abril– por el olfato del Poder Ejecutivo o la viveza criolla de las propias cúpulas de los movimientos sociales (crecientemente una nueva burocracia sindical) a la hora de elegir a los postulantes.
La derecha resiste, debilitada
Pese a los avances nítidos del oficialismo en el Oriente, la derecha mantiene algunos de sus feudos. El Gobierno parece seguir sin comprender en profundidad a esa parte de Bolivia y los déficits propios se intentaron cubrir con acuerdos con sectores de las élites, como el candidato “masista” a la alcaldía cruceña Roberto Fernández, un empresario populista ex aliado de Podemos, o con ex patoteros del autonomismo: los ex militantes de la Unión Juvenil Cruceñista hoy entusiastas del “cambio”. En Pando, el costo de la estrecha victoria (si se desempata en favor del MAS) tuvo un costo político/ideológico: todos los candidatos oficialistas son ex tradicionales, y hubo instrucciones precisas “desde arriba” de que no debían ser del MAS. En Beni se apostó a una outsider –una ex Miss– y en Tarija a un extrapartidario –un ex rector de la universidad–: si en el primer departamento la virtual derrota tiene sabor a victoria (Jessica Jordan pelea voto a voto en un territorio hostil a la izquierda), en Tarija la derrota tiene doble sabor a derrota: allí el oficialismo –Evo ganó en 2009– esperaba desbancar a Mario Cossío de su sillón, desde donde controla, con activas políticas sociales, el principal departamento gasífero del país. Detrás de estas lógicas parece primar un razonamiento andinocentrista: “la revolución la hacemos en el occidente, en el oriente podemos hacer cualquier cosa”. Quizás sea el momento de internalizar, de verdad, una obviedad: que Bolivia es mucho más que la Bolivia aymara, cuyos símbolos no representan a las poblaciones orientales, que no se sienten interpeladas por la retórica pachamámica.
El Alto: “la Sole” contra los caudillos sindicales
La victoria masista en la urbe alteña fue menos que pírrica. El MAS apostó allí por la nominación de un candidato cuestionado pero con poder corporativo, derivado de su cargo de jefe de la Central Obrera Regional. Y el voto por “la Sole” [Soledad Chapetón, UN] refleja un fuerte rechazo social al caudillismo sindical que controla esta urbe plebeya con métodos prebendales y mediante un permanente cuoteo del Estado. Así, el electorado alteño se alejó del voto consigna por un candidato impuesto por el Poder Ejecutivo y la elite sindical, y deja en evidencia una complejidad social y política a menudo opacada por los promotores ingenuos de los movimientos sociales que presentan a esta ciudad como pura rebeldía social o por los indianistas que buscan demostrar –retóricamente– sus teorías románticas sobre el ayllu urbano.
El desaire de los Ponchos Rojos
Pero el pachamamismo tampoco alcanzó para ganar en Achacachi, núcleo duro de la aymaridad, donde el MAS recibió un duro golpe en una zona donde Evo Morales no baja del 98% de votación, luego del nombramiento de candidatos cuestionados en una zona donde las lógicas comunitarias sí tienen una buena dosis de vigencia. La silbatina de la semana previa a las elecciones –que impidió hablar a los candidatos del MAS, con Evo presente en el palco– fue un aviso: el Movimiento por la Soberanía se quedaba con esta simbólica alcaldía con el 40%, seguido por el Movimiento sin Miedo con el 30%. El MAS quedó tercero con un decepcionante resultado del 20%.
La Paz: nace una oposición progresista
La inútil pelea con el Movimiento sin Miedo –cargada de insultos criticados sotto voce por las propias bases clasemedieras del MAS– fue el más grave error de la campaña. Sólo la “angurria” y la soberbia post 6 de diciembre explica los niveles de agresividad contra el MSM, hasta ahora un aliado del proceso de cambio, incluso en los momentos más difíciles del “golpe cívico-prefectural”. El giro discursivo desde el pedido de Evo de clonar al alcalde hasta la acusación de traidores neoliberales, basureros, mañudos, etc., fue visibilizado como una tradicional maniobra propia de los partidos tradicionales, que se aliaban y se desaliaban en función de sus intereses faccionales. Es más: la ruptura definitiva –como en el MAS llamaron al alejamiento del MSM– contribuye seriamente a crear una inédita oposición de izquierda moderada, mucho más incómoda para el Gobierno que la impresentable oposición oligárquica-conservadora, ya que –como lo demostraron los comicios, incluyendo la victoria emesemista en Oruro– no basta una catarata de descalificaciones para sacarla del juego.
Esta posible construcción de una alternativa de centroizquierda, sin tufillo a ancien régime, podrá abordar con mayor credibilidad y honestidad el debate sobre los déficits institucionales y de gestión que acechan al proceso de cambio, básicamente porque es percibida como parte de ese proyecto y con autoridad moral para que sus críticas no se lean como intentos encubiertos de desestabilización contrarrevolucionaria.
En este marco, el deslucido triunfo de César Cocarico como gobernador de La Paz, después del escándalo de Félix Patzi y de su tragicómica construcción de mil adobes en una poco seria condena de la justicia comunitaria de su pueblo, demostró que hasta con el Pato Donald se puede ganar en esta región por pura inercia –Evo obtuvo el 80% el 6 de diciembre pasado–, pero al costo de poner en evidencia una fuerte debilidad en el principal bastión del cambio. Los votos en blanco en varias poblaciones para gobernador muestran un descontento, por ahora silencioso, entre la población rural.
Las alcaldías: 2 de 9
Donde la elección fue una derrota sin atenuantes es en las alcaldías de las capitales de departamento. A La Paz se suman las defecciones en Oruro, Potosí, Santa Cruz, Tarija, Trinidad y Sucre. El oficialismo sólo ganó Cobija y, por escaso margen, Cochabamba.
El MAS nunca se caracterizó por su buena gestión local, que a menudo no pasó del copamiento corporativo del gobierno municipal. Una lógica de acumulación política funcional a la resistencia durante la era neoliberal pero poco eficiente a la hora de construir una nueva forma de gobernar los municipios. Por eso no es raro el voto castigo en varios de ellos, como la derrota masista en Apolo, al norte de La Paz, o en Uncía y Llallagua (según sondeos). Llegó la hora de discutir el MAS, ¿es posible transformar al país con este instrumento político tal como es hoy?
La disidencia de Lino Willka
Por primera vez, un disidente no queda condenado a la marginalidad y a la muerte política. Lino Willka rozaba el 6% de los votos para gobernador y conseguía buenos resultados en varias de las alcaldías rurales. La democracia corporativa que rige al MAS mostró esta vez fisuras que podrían ensancharse en los próximos tiempos si no se afronta seriamente la transformación del “instrumento político” –asociado a una fuerte lógica peguista (empleomanía)– en una fuerza colectiva efectivamente transformadora no limitada a una suma de sindicatos.
Obviamente, los análisis optimistas de los analistas conservadores sobre la recomposición de la media luna no tienen más asidero que su imaginación. La derecha no tiene, por un tiempo, ninguna posibilidad de salir de sus trincheras. Pero los resultados instituyen fuertes señales de alerta. Los comicios dejan en evidencia los déficits políticos, ideológicos y organizativos por debajo del evismo. En este marco, los discursos comunitaristas, pachamámicos y “socialistas comunitarios” no hacen más que encubrir retóricamente una realidad ambivalente, que no es posible dejar fuera del debate. El (honesto) voluntarismo presidencial no alcanza para cambiar al país. Tampoco la campaña electoral permanente. No quedan dudas –a esta altura de la historia– que el cambio se construye vía un pluralismo de fuerzas e ideologías progresistas y de izquierda, y del potenciamiento de una discusión hoy ausente, reemplazado por el reclamo de una adhesión sin fisuras, sobre el tipo de Estado, el modelo de desarrollo… es decir, sobre el presente y el futuro de Bolivia.
“La Paz está alertando sobre los peligros que acechan al proceso de cambio”, sintetizó una oyente de radio Erbol … y en pocas palabras resumió el balance del 4 de abril.
P. Stefanoni es economista y periodista residente en La Paz, especializado en política boliviana, docente en CLACSO y director de Le Monde Diplomatique Bolivia. Reproducido con permiso del autor de la edición de abril 2010 de Le Monde Diplomatique Bolivia. Abril 2010.
1 comentario
Other Links to this Post
-
Política y Economía » Una victoria agria — 12 abril, 2010 @ 19:51
RSS feed para los comentarios de esta entrada. TrackBack URI

